El hombre de negro sobre su bicicleta

Autor: Guillermo Vásquez

Él era un hombre largo, que debía medir unos dos metros. Vestía siempre de negro: pantalón de paño inglés, saco hasta la cintura, chaleco de seda y corbata también negra; solo la camisa impecablemente blanca se dejaba entrever al final de las mangas del saco. Las zapatillas enormes y delgadas, brillantes y limpias, terminaban en punta redondeada. Montado sobre el sillín de su bicicleta, de manubrio doblado hacia adentro, parecía aún más grande y delgado. Su pedaleo lento y cadencioso lo hacía avanzar lentamente, apenas suficiente para mantener sobre su cabeza el sobrero de fieltro negro. De esa estampa se destacaba el maletín de cuero colgado de la barra central que cubría todo el espacio entre los tubos. Era un hombre mayor, de tez rosada y cara alargada y carnosa. Nunca se supo su nombre.

Aunque tal era su aspecto desde lejos, al acercarse se notaba al momento su expresión amable, de extrema bondad, que los niños quienes lo esperaban por las tardes reconocían de inmediato porque se detenía frente a ellos accionado el ring-ring de la campanilla. Casi sin saber cómo, ponía un pie sobre el suelo dando tumbos hasta frenar. Entonces lo rodeaban en medio de alborozos, esperando que sacara de su maletín aquellas panelitas de leche que tanto esperaban. Los padres lo miraban desde las ventanas en aquella calle del viejo barrio de San Benito, y lo saludaban con la mano en señal de agradecimiento por hacer tan felices a todos los chiquillos que vivían esos momentos explosivos de alegría. Entre sonrisas, él decía algunas palabras inentendibles, que significaban algo así como “para todos hay, niños, no se desesperen”.

Con el paso del tiempo se le fue presentando una dificultad a este buen hombre. La ciudad empezó a llenarse de carros, que estruendosos y rápidos pasaban por las calles amenazando a los que andaban en bicicleta. Algo asustado, optó por bajarse en cada esquina, esperar que los carros pasaran, para luego cruzar la calle caminando, y entonces volver a montarse y pedalear una cuadra más hasta el próximo cruce en donde haría lo mismo.

La víspera del Día de Navidad todos los niños se sentaron en la acera a esperar que llegara su amigo, porque sabían que les traería dulces más abundantes en su maletín de cuero. Era una tarde de cielo despejado que dejaba ver las nubes con arreboles en el firmamento. Se hacía tarde, ya oscurecía de a poco, y no veían por la calle arriba aparecer la bicicleta. Los padres se inquietaron porque ya no podían dejar más tiempo a los niños en la noche que los cubría. De pronto, a lo lejos, se escuchó el sonido ululante de la sirena de una ambulancia. El buen hombre no llegó. La ciudad de los carros se lo había tragado.

Esa noche de Navidad los niños se durmieron desconsolados entre lágrimas, pero al despertar encontraron bajo sus almohadas muchos y diversos dulces, y una pequeña bicicleta negra de juguete con el manubrio doblado hacia adentro.