Escrito por: Gilma Ríos
Todos los días al salir del colegio corría por las calles del pueblo hasta llegar a la estación donde apresuradamente se bajaban los pasajeros antes de que el tren continuara su recorrido, Me gustaba mucho escuchar el “taque, taque” sobre los rieles, sentada en un escaño de madera vencido por los años. Hoy quería que el tren llegara puntual para irme a la casa de Aura y ayudarle a hacer el pesebre, desde hacía varios años lo hacíamos entre las dos y esperaba que esta vez sí colocara las dos ovejitas en el Nacimiento, siempre colocaba una y guardaba la otra en una vieja maleta café que cerraba con dos correas que hacían las veces de guardián. “Solo vamos a colocar una”, me decía. Desde que tenía ocho años iba a la casa de Aura, me gustaba sentarme en un patio trasero que tenía cultivado de plantas aromáticas de las que me decía constantemente su nombre, pero yo nunca memorizaba, siempre le estaba preguntando cuál era la manzanilla y cuál el apio.
Mi mamá decía que Aura había llegado al pueblo hace muchos años con un niño pequeño. Se había quedado a vivir en esa casa y no visitaba a ninguna vecina, solo salía a la misa los domingos y volvía a seguir cosiendo sus colchas de retazos. Un día su hijo fue reclutado para prestar el servicio militar y a partir de ese momento jamás salió de su casa, parecía que lo esperaba y temía que no la encontrara.
-Hoy vamos a hacer el pesebre, yo le ayudo a sacar la maleta de debajo de la cama, ahí están las casitas y los animalitos para que lo armemos bien bonito, y vamos a colocar todas las ovejitas, ¿cierto?
-Me sacas la maleta con cuidado y solo colocamos una ovejita.
No le gustaba que la contradijeran, yo siempre me preguntaba por qué solo una ovejita.
Al volver a casa, recibí el constante regaño de mamá porque pasaba mucho tiempo en casa de Aura.
Al otro día esperé de nuevo a que llegara el tren. Venían muchos pasajeros, seguro por la proximidad de las fiestas de Navidad. Me llamó la atención un hombre muy alto, blanco, de barba abundante que llevaba una maleta café
igual a la que Aura tenía debajo de su cama. Lo vi conversando un momento con Antonio, un vendedor de frutas, y luego entró al hotel que había cerca. Le conté a Aura que el forastero tenía una maleta igual a la suya, que podía ser el nuevo médico
-Ese no es el nuevo médico – me dijo, y su cara se iluminó. Parecía que hubiera rejuvenecido instantáneamente. – sácame esa maleta de ahí- abrió la maleta y como si se estuviera jugando la vida sacó la ovejita y la colocó en el pesebre. Se sentó en la cama como si estuviera esperando a alguien.
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